lunes, 17 de agosto de 2009

El decir la verdad no es una decisión consciente...para algunos.


Los psicólogos que analizan el comportamiento moral han diseñado una gran cantidad de experimentos para intentar averiguar cómo “funciona” en el hombre, estudiando cómo decidimos engañar o jugar de acuerdo con las reglas, mentir o decir la verdad. Y los resultados son sorprendentes, en algunos casos perturbadores. Por ejemplo, hemos basado nuestra sociedad en la suposición, no probada, de que decidir decir la verdad o mentir está dentro de nuestro control consciente. Joshua Greene y Joseph Paxton, ambos de la Universidad de Harvard, han publicado un artículo en los Proceedings of the National Academy of Sciences según el cual el ser honesto, el decir la verdad, es automático (léase no sometido a una decisión consciente) en algunas personas.


Greene y Paxton registraron la actividad cerebral usando imágenes por resonancia magnética funcional (fMRI, por sus siglas en inglés) de los voluntarios del experimento mientras tomaban la decisión de mentir o no. A los sujetos se les pedía que predijesen el resultado de tirar una moneda al aire, pero que no lo dijesen hasta que la moneda cayese, con lo que tenían la oportunidad de mentir. Para motivarlos, se les pagaba por predicción correcta. Como control, otro grupo decía sus predicciones antes de que la moneda cayera. Posteriormente los investigadores midieron el nivel de éxito usando la estadística: se identificó a los mentirosos como aquellos que acertaban más de lo que la probabilidad era lógico que permitiese.

Greene y Paxton habían formulado la hipótesis de que si decidir decir la verdad era un proceso consciente (el resultado de resistir la tentación) las áreas del cerebro asociadas con el autocontrol y el pensamiento crítico se iluminarían cuando los sujetos dijesen la verdad. Si fuese automático, esas áreas permanecerían oscuras.


Lo que encontraron es que la honestidad es un proceso automático, pero sólo para algunas personas. Al comparar los escáneres de las pruebas con y sin la oportunidad de engañar, los científicos encontraron que para los sujetos honestos, el decidir decir la verdad no supone una actividad cerebral extra. Pero para los otros, el grupo deshonesto, tanto mentir como decir la verdad requiere actividad extra en las áreas asociadas con el pensamiento crítico y el autocontrol.


Estos descubrimientos, el automatismo de algunos actos que se suelen considerar decisiones conscientes, vienen a añadirse a todo un corpus que se ha venido publicando al respecto en los últimos tiempos. De algunas de estas publicaciones nos hemos hecho eco en Experientia docet (ver aquí). En un artículo reciente John Bargh, psicólogo social de la Universidad de Yale (EE.UU.) especializado en respuestas automáticas, afirmaba que incluso nuestros procesos mentales superiores, desde la persistencia a la hora de realizar una actividad a la creación de estereotipos sociales pasando por pararse a ayudar a una persona necesitada, se realizan espontáneamente como respuesta a estímulos ambientales. Paralelamente, John Haidt, Universidad de Virginia, se hizo conocido en el mundo de la psicología por los numerosos estudios que realizó en los que probó que hacemos juicios morales, como los que se suscitan en el dilema del tranvía, basándonos completamente en nuestras emociones y somos incapaces de explicar lógicamente porqué algunas cosas están bien y otras mal.


El estudio de Greene y Paxton sugiere que la honestidad en particular es automática sólo para algunos, lo que se puede interpretar como que una parte de la población es honesta de forma natural mientras que a otra le cuesta decir la verdad. Esto recuerda a esa idea evolutiva de que los que engañan y los honestos deben coexistir en un porcentaje dado dentro del reino animal. El clásico ejemplo de los cucos y los pájaros que crían las crías de cuco. ¿Existirá ese porcentaje en los humanos también?

Referencia:

Greene, J., & Paxton, J. (2009). Patterns of neural activity associated with honest and dishonest moral decisions Proceedings of the National Academy of Sciences, 106 (30), 12506-12511 DOI: 10.1073/pnas.0900152106