sábado, 6 de junio de 2009

La esencia del comportamiento social humano (1): la guerra nos hizo altruistas.


¿Cómo se desarrolló el comportamiento moderno? ¿Qué factores marcaron la aparición de dos rasgos tan característicamente humanos como el altruismo y la cultura? Dos estudios que se publicaron ayer en Science dan respuestas paradójicas a esta pregunta: somos altruistas porque somos militaristas y desarrollamos la cultura porque nos juntamos en número suficiente.

Dos de las cosas más extrañas de los humanos cuando se les compara con otros mamíferos son la moralidad y la cultura. Ninguna es exclusiva de los humanos, pero están presentes en el Homo sapiens en un grado tal que es incomparable con el de otras especies. De hecho, este grado de preocupación por el bienestar de los otros, incluso si no están relacionados con nosotros, y de construcción de objetos materiales, tanto útiles como ornamentales, es visto por muchos como la marca del hombre, lo que verdaderamente nos separa de ser un animal más.

Cómo evolucionaron estos rasgos humanos es controvertido. Pero dos artículos que aparecen esta semana en Science pueden que aporten algo de luz. En uno, Samuel Bowles del Instituto Santa Fe de Nuevo México (EE.UU.) expone su teoría según la cual mucha de la virtud humana se originó en el campo de batalla. Los camaradas en la guerra se vuelven camaradas en todo lo demás.

En el otro artículo, Mark Thomas y sus colegas del University College de Londres (Reino Unido) sugieren que la sofisticación cultural depende de más cosas que del desarrollo de la inteligencia. También requiere una población densa. Si esto es correcto, explicaría algunos hallazgos sorprendentes de la arqueología que, hasta ahora, no han tenido una explicación satisfactoria.

Analizamos hoy el artículo de Bowles, en la próxima entrada el de Thomas et al.

El argumento de Bowles comienza en un oscuro agujero de la teoría evolutiva llamado selección de grupo. Según ésta a los grupos de individuos que colaboran les irá habitualmente mejor que a los grupos de egoístas, por lo que los primeros prosperarán a costa de los segundos. Así pues si la selección de grupo es correcta, los individuos estarían genéticamente predispuestos a actuar autosacrificándose por el bien del grupo.

Este argumento del “bien del grupo” se consideraba correcto hasta los años sesenta, cuando fue sometido a un examen riguroso y encontrado deficiente. La nueva teoría no enfrentaba a grupos con grupos, ni siquiera a individuos contra individuos, sino a genes contra genes. El comportamiento altruista en esta visión evolucionaría para favorecer un gen determinado, por ejemplo ayudando a parientes cercanos que también portarían el gen en cuestión. Este análisis del “gen egoísta”, llamado así por el libro de Richard Dawkins, hace casi imposible obtener comportamientos basados en el “bien del grupo”.

Unos cuantos investigadores, Bowles entre ellos, han sido reacios a abandonar la selección de grupo completamente. Hacen hincapié en la palabra casi del argumento anterior y afirman, con toda su inteligencia y posesión del lenguaje, y su tendencia a vivir en grupos pequeños y muy cohesionados, los humanos pueden ser la excepción. También piensan que estarían sujetos a una forma de selección de grupo que es genéticamente egoísta.

Bowles se ha centrado en la guerra, ya que es tanto una acción muy colaborativa como, a menudo, genéticamente mortal para los perdedores. En el artículo que comentamos analiza la idea recogiendo datos numéricos e incorporándolos a un modelo matemático, con un resultado muy interesante.

Para reunir sus datos, Bowles escarbó entre datos etnográficos y arqueológicos los referentes a la guerra entre grupos de recolectores-cazadores. No hay que entender guerra en el sentido moderno del término, sino más bien incursiones, emboscadas y peleas entre grupos que se encuentran accidentalmente. Sí coincide con el sentido moderno en que era bastante mortal. Bowles encontró 8 estudios etnográficos y 15 arqueológicos del pleistoceno tardío y holoceno temprano que respondían a sus criterios de fiabilidad y abundancia de datos. Según los datos así reunidos este tipo de guerra habría tenido una mortalidad de entre el 12 y el 16%. Esta es una cifra mucho mayor de la que hubo en Europa durante las dos guerras mundiales, y más que suficiente para influir en la evolución. La cuestión era si podía ser suficiente para la selección de grupo.  

Bowles diseñó su modelo para comprobar esta idea. Aunque enfrenta a grupo contra grupo, está estrictamente basado en la idea de genes egoístas. Se centra en el beneficio del gen que promueve el autosacrificio. La pregunta es: ¿le irá bien a un gen así si los individuos que lo tienen conquistan el territorio y los recursos de un grupo similar vecino pero con el riesgo de que algunos de  esos individuos pierdan su vida? Si los grupos más cooperativos era más probable que ganasen en los conflictos con otros grupos, ¿era el nivel de violencia entre grupos suficiente para influir en la evolución del comportamiento social humano?

En ausencia de guerra, un gen que imponga un coste de autosacrificio tan pequeño como el 3% en reproducción perdida, caería del 90% al 10% de la población en 150 generaciones. El modelo de Bowles, sin embargo, predice que niveles mucho mayores de autosacrificio, en un caso hasta el 13%, podrían ser sostenibles en el caso de incorporar la guerra a la ecuación. Esto permitiría la evolución de rasgos altruistas y colaborativos que no serían posibles de otra manera. Además, aunque la guerra es un ejemplo extremo, otros ejemplos menos radicales de autosacrificio tendrían similar capacidad de fortalecer al grupo. 


Referencia:


Bowles, S. (2009). Did Warfare Among Ancestral Hunter-Gatherers Affect the Evolution of Human Social Behaviors? Science, 324 (5932), 1293-1298 DOI: 10.1126/science.1168112