martes, 24 de noviembre de 2009

La intuición matemática como instinto básico de los primates (2ª parte y última).


La intuición matemática como instinto básico de los primates (1ª parte).

Dando pruebas de la herencia compartida, Cantlon y Brannon fueron capaces de demostrar que los monos suman por intuición de la misma forma que lo hacen los humanos [3, de la 1ª parte]. La intuición de los animales es casi tan buena como la nuestra, y sigue las mismas reglas, conforme la razón entre los números se hace mayor, es más probable que los monos escojan el resultado correcto. Y cuando los monos usan su intuición matemática se basan en la misma región alrededor del surco intraparietal en la que nos apoyamos nosotros.

Los monos pueden aprender también a reconocer las grafías de los números, una habilidad que los niños desarrollan alrededor de los 5 años. Con objeto de hacer la conexión entre la grafía 2 y un par de objetos se activa una región del cerebro de los niños llamada córtex prefrontal dorsolateral. Esta región es como una herrería para forjar asociaciones entre signos y conceptos. Una vez que la asociación se ha creado los niños reconocen las grafías de los números rápidamente, sin que se vuelva a activar el córtex prefrontal dorsolateral.

Los monos pueden aprender, con suficiente entrenamiento a señalar un 4 si ven cuatro puntos en una pantalla. Andreas Nieder (Tubinga; Alemania) y sus colegas han descubierto [5] que, al igual que los niños, los monos usan el córtex prefrontal dorsolateral para hacer esas asociaciones. Incluso han encontrado neuronas individuales en esta región que se activan fuertemente tanto ante la presencia de cuatro puntos como de la grafía 4.

Pero, ¿comprende realmente un mono lo que la grafía 4 significa? Para averiguarlo, Nieder y su antigua alumna Ilka Diester entrenaron monos para un nuevo experimento [6]. Los monos aprendieron a pulsar una palanca, tras lo cual veían un número seguido de otro. Si lo números coincidían, los monos podían soltar la palanca para conseguir un chorrito de zumo. Si los números no coincidían, los monos tenían que mantener la palanca pulsada hasta que aparecía un nuevo número, que siempre coincidía.

Los monos aprendieron ha soltar la palanca cuando los números coincidían y a mantenerla pulsada para los números que no casaban. Si hubiesen tenido éxito simplemente fijándose en la forma, cabría haber esperado que confundiesen grafías similares, como 1 y 4, ambas hechas a partir de líneas rectas. Pero Diester y Nieder pudieron comprobar que los monos se equivocaban de otra manera. Era más probable que los monos se confundiesen cuando aparecían grafías que representaban valores numéricos próximos: el recto 1 con el curvilíneo 2, por ejemplo. No sólo eso, los monos empleaban más tiempo en soltar la palanca si la coincidencia era entre números grandes que si era entre pequeños, otra señal de que los monos estaban respondiendo a la cantidad, no a la forma.

Para los neurocientíficos, estos estudios plantean una cuestión importante. Si los monos tienen unos fundamentos tan sólidos para los números, ¿por qué no pueden realizar matemáticas superiores? Encontrar una respuesta nos ayudaría a comprender qué es lo que nos permite a los humanos ser mucho mejores con los números que el resto de animales. Tanto Nieder como Cantlon han especulado con la idea de que la diferencia está en nuestra capacidad para comprender símbolos, lo que nos permitiría transformar nuestra intuición de los números en una comprensión precisa. Cuando decimos “2” queremos decir una cantidad exacta, no “probablemente 2 pero puede que 1 ó 3”. Podemos entonces aprender reglas para manejar números exactos rápidamente, para después generalizar estas reglas, dando paso así a principios matemáticos generales. Los otros primates, careciendo de cerebros simbólicos como los nuestros, necesitan miles de intentos para aprender una nueva regla.

Los recientes estudios con monos y niños arrojan nueva luz sobre los huesos con muescas de los que hablábamos al principio (1ª parte). Los primeros números registrados coinciden con la aparición de muchas otras expresiones de pensamiento abstracto, desde flautas de hueso a grabados o figuras de mujeres (venus). Antes de todo esto, los humanos habrían concebido los números de la forma en que los monos (y los niños pequeños) todavía lo hacen hoy. Pero una vez que nuestros antepasados comenzaron a unir su instinto natural para los números con una nueva capacidad para comprender símbolos, todo cambió. Las matemáticas llegaron a ser el idioma de las ideas, de las mediciones, y de las posibilidades de la ingeniería. El resto de la civilización fue sólo una cuestión de deducción.

Referencias:

[5]

Nieder, A. (2009). Prefrontal cortex and the evolution of symbolic reference Current Opinion in Neurobiology, 19 (1), 99-108 DOI: 10.1016/j.conb.2009.04.008

[6]

Diester, I., & Nieder, A. (2010). Numerical Values Leave a Semantic Imprint on Associated Signs in Monkeys Journal of Cognitive Neuroscience, 22 (1), 174-183 DOI: 10.1162/jocn.2009.21193