sábado, 21 de noviembre de 2009

El caso de la extinción de la megafauna del Pleistoceno: nuevas pruebas.


Cada vez que los humanos modernos alcanzaron un nuevo continente en su expansión a partir de su África original hace 50.000 años, ya fuese Australia, Europa o las Américas, toda la gran fauna desapareció rápidamente.

Esta prueba circunstancial que aporta el registro fósil sugiere que el primer logro de los humanos al llegar a un nuevo territorio era cazar todos sus animales de gran tamaño hasta la extinción. Pero los apologetas de la especie humana han intentado encontrar un chivo expiatorio, desde el cambio climático hasta el impacto de asteroides. ¿Quién o qué fue el culpable de la extinción de la megafauna del Pleistoceno?

Un análisis cuidadoso de varios depósitos lacustres de Wisconsin y Nueva York aporta nuevas pruebas a este debate. Un equipo liderado por Jacquelyn Gill, de la Universidad de Wisconsin, ha descubierto una secuencia de acontecimientos que descarta algunas explicaciones y constriñe severamente otras. Sus resultados se publican en Science.

La primera prueba documentada por el equipo de Gill es el ritmo de extinción en América del Norte. Las especies extinguidas fueron todas las especies de más de 1.000 kilos y la mitad de las que pesaban más de 30 kilos.

Los investigadores encontraron una forma muy ingeniosa de seguir el ritmo de desaparición: el hongo de las heces Sporormiella. Este hongo tiene que pasar a través del sistema digestivo para completar su ciclo vital, y sus esporas se encuentran en las heces de los animales. Midiendo el número de esporas en los depósitos lacustres, los investigadores pudieron documentar la desaparición paulatina de los grandes animales desde hace 14.800 hasta hace 13.700 años.

La siguiente pista que surgió de los depósitos lacustres fue el polen de nuevas plantas incluyendo árboles de hojas anchas como el roble. Esta nueva comunidad de plantas parece haberse desarrollado porque se vio libre de ser el pasto de los grandes mamíferos.

La tercera prueba que Gill et ál. encontraron fue una capa de finos granos de carbón vegetal, presumiblemente de fuegos que siguieron a la acumulación de madera.

Esta secuencia de acontecimientos tiene implicaciones directas sobre qué pudo ser el responsable de las extinciones. Primero, descarta como culpable el impacto de un asteroide o cometa que ocurrió hace 12.900 años; los animales se habían muerto mucho tiempo antes.

También excluye la versión estándar de una explicación muy de moda últimamente, la pérdida de hábitat debida al cambio climático. La extinción de los grandes animales ocurrió antes de la emergencia de las nuevas comunidades de plantas. Un aspecto del clima no queda descartado completamente, un cambio directo de temperatura.

La tercera sospechosa en quedar libre es la cultura Clovis, que apareció por primera vez hace unos 13.000 años, bastante después de la extinción. El pueblo Clovis ha sido considerado durante mucho tiempo los primeros habitantes de América del Norte, que alcanzaron probablemente cruzando el puente terrestre que unía Siberia y Alaska durante la última Edad de Hielo.

Entonces, ¿exculpan estos nuevos datos a los humanos del asesinato del mamut de América del Norte? No exactamente. Se han encontrado huesos de mamut de hace 14.000 años descarnados con utensilios humanos en Wisconsin. Evidentemente había personas antes de los Clovis en América del Norte, y es posible que cazaran hasta la extinción de los grandes animales.

Pero Gill y sus colegas aún no quieren declarar culpables a los humanos: todavía no se puede eliminar completamente el cambio climático, como veíamos más arriba. Tampoco está claro si el pueblo pre-Clovis tenía la tecnología para abatir animales del tamaño de un mamut; podrían muy bien haberse alimentado de animales muertos por otra causa.

El caso sigue abierto.

Referencia:

Gill, J., Williams, J., Jackson, S., Lininger, K., & Robinson, G. (2009). Pleistocene Megafaunal Collapse, Novel Plant Communities, and Enhanced Fire Regimes in North America Science, 326 (5956), 1100-1103 DOI: 10.1126/science.1179504