sábado, 18 de agosto de 2007

Conexiones y redes: de niño a adulto.

Cuando un niño alcanza la edad de 6 años su cerebro ya tiene el tamaño que tendrá cuando sea adulto. Sin embargo nadie se atreverá a afirmar que un niño de 6 años piensa como un adulto. Entre otras, hay dos características que definen la forma de pensar adulta, cuya ausencia además hace que llamemos infantil al comportamiento del adulto que carece de ellas. Nos estamos refiriendo a la visión del largo plazo, el pensar en el futuro y evaluarlo, y establecer el contexto de los hechos que se memorizan. Un ejemplo de lo primero es ofrecer al niño de 6 años la posibilidad de una chocolatina ahora o dos dentro de una hora; otra es pedirle que nos cuente las circunstancias en la que le regalaron ese libro de cuentos que le gusta tanto.

Si el tamaño del cerebro es igual, debe haber algunas diferencias en su funcionamiento o estructura que expliquen estos comportamientos dispares. Las hay, y son unas diferencias que los aficionados a los ordenadores entenderán muy bien: en el adulto la transmisión de datos y conexiones son de mucha mejor calidad por un lado y, por otro, las redes de conexiones son independientes.

Un lugar muy común al hablar de inteligencia es relacionarla con la abundancia de sustancia o materia gris. El cerebro del niño de 6 años es básicamente materia gris. Conforme su cerebro madura la materia gris desaparece a diferentes velocidades en diferentes partes del cerebro. Las células cerebrales forman materia o sustancia blanca al recubrir las glías los axones de las neuronas con una capa de mielina, de la misma forma que un cable de cobre se recubre con un aislamiento plástico, evitando de esta forma la pérdida de señales eléctricas en su recorrido por las células nerviosas. Conforme la materia gris disminuye, la blanca aumenta. Esto explica que el cerebro pase a ser un órgano de, fundamentalmente, conexiones a corta distancia a uno con muchas conexiones a larga distancia. La prueba experimental de este hecho la acaba de aportar el equipo de Bradley Schlaggar de la Universidad Washington en San Luís. [1]

Steven Petersen ha propuesto que las 39 regiones cerebrales implicadas cuando se realizan determinadas tareas realmente trabajan en dos redes, la cíngulo-opercular y la frontoparietal. Basándose en los resultados de Petersen, Schlaggar y su equipo investigaron la evolución de estas dos redes. Sus resultados indican que en los niños la cíngulo-opercular (responsable de la durabilidad) está sujeta a la frontoparietal (responsable de la adaptación rápida), lo que explicaría el cortoplacismo de los niños. Estas dos redes se van separando conforme el niño crece y en el adulto son prácticamente independientes.

Por otra parte, respecto a la memorización del contexto de los acontecimientos, los estudios de la Dra. Noa Ofen del Instituto de Tecnología de Massachussets han demostrado que, mientras el lóbulo temporal medio (un área implicada en la formación de recuerdos) se activa tanto en niños como adultos cada vez que se les muestra una imagen, sólo los adolescentes comienzan a presentar actividad simultánea del córtex prefrontal lateral (un área implicada en la comprensión), mayor cuanta más edad, con el máximo en los mayores de 18. La Dra. Ofen también estudió los porcentajes de materia blanca, encontrando una correlación positiva entre materia blanca, recuerdo de detalles y edad.

Original (Schlaggar/Petersen): http://www.pnas.org/cgi/content/abstract/104/33/13507
MIT (Ofen): http://web.mit.edu/newsoffice/2007/memory-0805.html
[1] Esto implica la caida del mito de la materia gris. Sobre el papel de las glías en el cerebro puede consultarse “Usamos el 100% del cerebro”: http://cesartomelopez.blogspot.com/2007/08/usamos-el-100-del-cerebro.html