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martes, 13 de agosto de 2013

Siguiendo a la manada: de los Mares del Sur a Facebook


¿Cuántas veces nos hemos hecho la pregunta de por qué determinada persona, siendo tan inteligente, cree cosas absurdas o realiza actos igualmente absurdos? El hecho de que nos hagamos esta pregunta indica que seguimos confundiendo inteligencia con racionalidad. Lo segundo es más raro que lo primero, básicamente porque lo segundo requiere esfuerzo y disciplina.

En varias ocasiones hemos hablado de la importancia que los sesgos cognitivos tienen en nuestro comportamiento. Uno de los que más nos cuesta reconocer que influye en nosotros es el comportamiento impuesto por la manada: hacemos lo que hacen los demás, simplemente porque lo hacen los demás. Es un comportamiento que tiene su lógica evolutiva: si todo mi grupo huye, mejor huyo yo también y luego, ya si eso, pregunto por qué corren; quedarse a averiguar la causa podría convertirme en la cena de un depredador. Lo mismo aplica a la búsqueda de comederos (preferimos bares y restaurantes con gente a vacíos), a la pareja (en la que encontramos atractivo al espécimen ya elegido y favorito de otros congéneres), o lo que nos gusta, divierte o emociona en general (por eso las risas enlatadas, los aplausos inducidos o las imágenes seleccionadas de público secándose las lágrimas en los programas de televisión). En esta era 2.0 seguimos sujetos al mismo principio, como ponía de relieve un estudio aparecido la semana pasada sobre nuestro comportamiento en Facebook.

Como apuntábamos al comienzo, la inteligencia no nos salva de él salvo que la utilicemos para desarrollar pautas que nos eviten caer inconscientemente en estos comportamientos que muchas veces son usados contra nosotros (básicamente por vendedores, publicistas, políticos y timadores; lo que no significa necesariamente que sean lo mismo). Tampoco nos salva la ciencia. Ni saber matemáticas. Ni ser religioso. Sólo la disciplina mental es de alguna utilidad.

Pero, mejor que argumentar, ilustrémoslo con un conocido caso histórico. En ningún lugar se expresa mejor de forma cuantitativa la irracionalidad humana que en el mercado de valores. Aún más desde que existe la prensa. Así que empecemos por el principio: Inglaterra, comienzo del siglo XVIII.

Continúa leyendo en el Cuaderno de Cultura Científica

miércoles, 31 de julio de 2013

La filosofía como actividad de alto riesgo


Recientemente un amigo, que lee este Cuaderno, me comentaba que yo debía dejar de hablar tanto de filosofías y dedicarme a la ciencia en sí y a su historia. Mi primera reacción fue preguntarle si esta recomendación era porque mis escritos, que tampoco pretenden ser más que una incitación, no le parecían interesantes. Su respuesta consiguió sorprenderme:
  • No, amigo mío, es que temo por tu seguridad; los que se dedican a la filosofía acaban siempre mal.
  • Y, ¿cómo es eso? ¿Es acaso la filosofía una profesión de riesgo?
Y aquí mi amigo, que goza de una memoria privilegiada y que ha estudiado historia de la filosofía desde que yo recuerde y que siempre ha dejado muy claro que él es ante todo funcionario de Hacienda, pidió otra cerveza y desgranó lo siguiente:

  • Juzga tu mismo. El primer filósofo importante del que tenemos noticia cierta, Sócrates, fue condenado a muerte por el gobierno de Atenas por, entre otras cosas, corromper a la juventud. Como él mismo se administró la cicuta desoyendo todos los planes, algunos muy factibles, para huir y librarse del castigo, podemos considerar que se suicidó allá por el 399 antes de la era común (a.e.c.). Pero ese no es más que un ejemplo de una larga tradición que ilustra perfectamente los perjuicios que para la consideración de la propia vida tiene el filosofar. Así, en las brumas de la leyenda tenemos a Empédocles que saltó al Etna en el 435 a.e.c. Isócrates se dejó morir de hambre en el 338 a.e.c. Zenón de Citio se rompió un dedo del pie, y eso no tendría nada de extraño sino fuera porque su reacción, como buen estoico, fue contener la respiración hasta que murió en el 262 a.e.c. poco más o menos. En el 52 a.e.c. Lucrecio tomó una poción de amor (toda natural, como hacían los antiguos) y le produjo tal efecto que en su locura acabó suicidándose. Ya que estamos con los romanos no podemos olvidar a Séneca, que prefirió suicidarse tras caer en desgracia con Nerón en el 65 e.c. Y así podría seguir hasta Año Nuevo.
  • Va hombre, esos son sólo unos cuantos ejemplos de la antigüedad...
  • ¡Antigüedad! Bueno, pues como eres tan aficionado al XVII retomaremos la historia por ahí e iremos recortando por no hacerla muy larga. En 1640 Uriel da Costa, tras recibir una soberana paliza de un grupo religioso al que presuntamente había ofendido diciendo lo que pensaba, se fue a su casa y se pegó un tiro. William Jevons prefirió ahogarse en su bañera en 1882. Otto Weininger también se pegó un tiro (1903), Ludwig Boltzmann se ahorcó (1906), y Paul Lafargue llegó a un acuerdo de suicidio con su esposa, Laura Marx, en 1911. Y seguimos, Stanislaw Witkiewicz también llegó a un acuerdo de suicidio usando pastillas con una amiga tras la invasión soviética de Polonia en 1939, aunque ella (no filósofa) sobrevivió. Walter Benjamin viendo que no podría escapar de los nazis se suicidó en la frontera franco-española en 1940. Simone Weil se dejó morir de hambre en 1943 no se sabe muy bien si en solidaridad con las víctimas de la guerra o por haber leído a Schopenhauer. En el otro bando, la filosofía también hacía estragos: Ernst Bergmann se suicidó cuando los aliados entraron en Leipzig en 1945.
  • Pero, ¿ese no era el que decía que Hitler era el mesías...?
  • No me interrumpas, que esto sigue. En 1954 Alan Turing murió a lo Blancanieves mordiendo una manzana envenenada.
  • Ni me parece bien la insinuación, ni está claro que fuese un suicidio...
  • El caso es que estaba vivo, sano, no era viejo, había flirteado con la filosofía y se murió, ¿no? Pues eso. Bueno, sigo. Tu amigo Kurt Gödel, el platónico, también se dejó morir de hambre por temor a que lo envenenaran en 1978. Evald Ilyenkov también se suicidó en 1979, el mismo año en que Nicos Poulantzas se tiraba por la ventana de un piso veinte del edificio en el que vivía. En 1983 Arthur Koestler llegaba a un acuerdo de suicidio con pastillas con su compañera, y a ella debía gustarle la filosofía más de la cuenta, porque murieron los dos. En 1994 David Stove se ahorcó, Sarah Kofman esperó al cumpleaños de Nietzsche para hacer lo propio y Guy Debord prefirió pegarse un tiro. Y por no hacerlo demasiado largo nombraré a uno que tienes leído, Gilles Deleuze, que se tiró por la ventana al año siguiente. ¡Ah, bueno! Se me olvidaba otro pacto de suicidio, el de André Gorz y su mujer, que se pusieron inyecciones letales en 2007.
  • ¡Qué barbaridad!
  • Y eso no es todo. El quitarse la vida uno mismo es sólo uno de los efectos de la filosofía. El otro es que te quieran matar, ya sean gobiernos, turbamultas o particulares.

    Continúa leyendo en el Cuaderno de Cultura Científica

sábado, 15 de junio de 2013

George, el cuestionario: ¿piensas por ti mismo?

El breve cuestionario que encontrarás a continuación es una adaptación de uno original de Marilyn vos Savant y que ella bautizó “George” [más sobre el nombre al final].

No es un test de inteligencia.

No es un test de razonamiento lógico.

No es un test de personalidad.

Es un test para evaluar si piensas por ti mismo.

Son nueve preguntas. Algunas sorprendentes, incluso raras. Respóndelas en serio, con total honestidad y tomándote el tiempo que necesites para la reflexión (a fin de cuentas sólo tú sabrás el resultado salvo que decidas compartirlo). Alguna pregunta puedes pensar que no va contigo; en ese caso responde aplicando la lógica y la verdad en tu caso (ya lo entenderás si encuentras alguna pregunta así). Los resultados del cuestionario son mejores si se hace de noche (de verdad, no es broma).

Al final hay dos preguntas que sí son un test de lógica, no hay que responderlas si no se quiere, no se puede o no se sabe.

En una anotación posterior comentaré el fundamento de cada pregunta y daré las respuestas a las cuestiones finales. La foto no significa nada, es sólo un separador. Que pases un rato entretenido autoconociéndote.



George

1 Cuando ves una película muy divertida en casa que te provoca carcajadas, ¿te ríes con la misma frecuencia e igual intensidad que lo harías si la estuvieses viendo en el cine?

2 Si tu número de calzado es el 40, ¿dejarías de comprar un par de zapatos marcados con un 38 aunque al probártelos te entrasen bien los pies?

3 La primera vez que fumaste un cigarrillo o tomaste tu primera bebida alcohólica, ¿estabas sólo o en compañía?

4 ¿Alguna vez le has pedido consejo a tu médico sobre un asunto no estrictamente médico?

5 ¿Te gusta la ópera?

6 ¿Podrías decir si tu programa favorito de televisión, sea éste el que sea, es conservador o progresista (en América, liberal )?

7 ¿Votas aún al mismo partido al que votaste cuando lo hiciste la primera vez?

8 ¿Te enfadarías si el gobierno decidiera quedarse con un 15% o más de lo que es tuyo?

9 ¿Tienes las mismas creencias religiosas que tus padres? [a efectos de este cuestionario exclusivamente, y con objeto de que sea general, el ateísmo se trata como una creencia religiosa aunque no lo sea]

Selecciona desde aquí para ver la forma de evaluar las respuestas (escritas en blanco).

Respuestas

1 Si te ríes tanto en casa como en el cine apúntate un 3; si no un 0

2 Si no te los comprarías apúntate un 0, si sí un 3

3 a) Si estabas sólo, suma 3; si acompañado, 0
b) Si nunca has fumado ni bebido: si es por motivos religiosos 0, por cualquier otro +3.

4 a) En la consulta del médico: Si has pedido consejo, 0; si nunca lo has hecho +3.
b) Fuera de la consulta (amigo, familiar): si le has pedido consejo no médico, +3.

5 Si tu respuesta ha sido no y nunca has visto una, 0; si has visto una y no te gusta, +3. Si has respondido que sí y nunca has visto una, 0, si sí la has visto +3.

6 Si puedes, +3, si no, 0.

7 Si votas lo mismo que la primera vez, nunca has tenido dudas y ni siquiera te has planteado otra cosa, 0. Si votas lo mismo, pero te lo has planteado seriamente cada vez o votas diferentemente, +3.

8 Si te enfadarías, 0; si no, +3.

9 Si tienes la misma religión que tus padres y nunca te la has cuestionado sus enseñanzas, 0, si es diferente o la misma pero te la has cuestionado seriamente, +3.

Resultados

Entre 0 y 9: tu cerebro está dormido y son los demás los que piensan por ti.

Entre 9 y 18: necesitas trabajar más en la autonomía de pensamiento, aunque tienes parte del camino andado.

Entre 18 y 27: tu mente está en despierta y en uso.

Cuestiones finales (lógica)

1 ¿Por qué el test se llama George?
2 ¿Por qué cada pregunta suma un máximo de tres puntos?




jueves, 28 de marzo de 2013

Frans de Waals: El comportamiento moral de los animales

El pasado viernes Antonio Osuna (BioTay) publicaba en el Cuaderno de Cultura Científica de la UPV/EHU un magnífico artículo titulado El origen natural del bien. En él explicaba cómo el altruismo es algo no exclusivo de los humanos encontrándose ejemplos en el comportamiento de muchos animales. En el vídeo que presentamos a continuación Frans de Waals abunda en esta idea y la amplía al comportamiento moral en animales en sentido amplio.

El vídeo es muy intructivo, divertido e invita a la reflexión y complementa, creemos, perfectamente el texto de BioTay. Está subtitulado en español. ¡Que lo disfrutes!


jueves, 21 de febrero de 2013

7 cosas a tener en cuenta sobre la comida y tú



La obsesión por la comida nos invade. Ya sea por su composición (“natural”, sin conservantes, ecológica, con omega-3, sin esto, con aquello), ya por los efectos que provoca en nosotros nuestra relación con ella: sobrepeso, obesidad, anorexia, bulimia. Lo que ocurre, como por otra parte es habitual, es que no somos conscientes de que tenemos unas instrucciones que como humanos traemos de serie y que influyen más de lo que estamos dispuestos a reconocer en nuestros actos.

A continuación encontrarás 7 afirmaciones que quizá te sorprendan, pero cuyo conocimiento podría facilitarte tu relación futura con la comida. Todas están comprobados científicamente de forma reiterada. Además están todos interrelacionados, por lo que lo mejor es considerarlos en conjunto. Iremos de lo más fisiológico a lo más social.

Una advertencia tan sólo, si me lo permites: si piensas que estás delgado, quizás porque así lo indique tu índice de masa corporal, y que lo que sigue no te atañe más allá de ser una curiosidad, quizás deberías reconsiderarlo leyendo esto y esto.




1 No sabes cuando estás lleno

Solemos creer, inocentes, que la cantidad de comida que ingerimos es el resultado del hambre que tenemos. Esto solo es uno de los factores, pero hay más: el tamaño del plato, el tamaño de la cuchara de servir, el de los paquetes, etc.

Nuestros estómagos nos dan una indicación grosera de lo que hemos comido. Somos unos mamíferos visuales y nos fiamos de nuestra visión y ésta es fácilmente engañada.

Comerás menos y te verás casi igual de saciado si comes en platos y consumes paquetes más pequeños.




2 Grasa ≠ malo

El bombardeo publicitario ha instalado en nuestras mentes la asociación alto contenido en grasa, perjudicial para la salud. Y esto no es estrictamente cierto. Para empezar no todas las grasas son iguales. Pero no es esto lo que nos interesa ahora.

Lo que importa es la jugarreta mental que esto nos juega: evitamos los alimentos con alto contenido en grasa en dosis pequeñas (por ejemplo, una tarrinita de mantequilla) y no ponemos límite en la cantidad que ingerimos de otros por el simple hecho de contener poca o ninguna grasa (por ejemplo, refrescos azucarados). El resultado es que nos podemos estar privando de nutrientes esenciales y, a la vez, paradójicamente, consumiendo muchas más calorías que después será nuestro cuerpo el que transforme en grasa.

Si eres de los que miran las calorías no te contentes con el valor por 100 gramos que aparece en tablas o en el envase, mejor multiplica este valor por la ración efectiva que vayas a ingerir. Hazlo un par de veces, verás que sorpresa.




3 Como es sano no puedes comer más

Esto es una variante del punto anterior. Cuando pensamos que un alimento es sano en general comemos más cantidad que cuando aparece etiquetado con algo que consideramos no sano. “Esto es bueno para el cerebro, come, niño, come” solía repetir mi pobre abuela.

Las comidas “sanas” son malas en el sentido de que favorecen que el hominino de la sabana que llevamos dentro tienda a hartarse.




4 Come conscientemente

Comer es algo tan rutinario que pasa habitualmente a nuestro departamento de automatismos, como el conducir para el conductor experimentado. Mientras nuestras mentes vagan en solitario o con la ayuda de la televisión, el ordenador o la película, nuestras manos no descansan de dar portes a la boca, cada vez más rápido.

El hecho cierto es que cuando uno está distraído come más y disfruta menos de lo que come. Por eso una de las formas de combatir los desórdenes alimentarios y la obesidad es el comer conscientemente. Esto consiste en tomar porciones/bocados pequeños y prestar más atención a lo que se está comiendo. De esta forma la gente no sólo come menos sino que lo disfruta más.




5 Tu estado de ánimo influye en cómo y qué comes

Se han realizado experimentos que probarían que cuando estamos de mal humor es más probable que comamos alimentos más ricos en azúcar y grasas. Las emociones negativas también nos harían preferir un tentempié antes que una comida en condiciones y comer menos verdura.

Pero no pensemos que el buen humor nos lleva por el buen camino. Cuando estamos de buen humor solemos comer más, lo que ocurre en este caso es que no se discrimina tanto con el tipo de alimento que se ingiere.




6 Amigos obesos = obeso tú

Hablamos aquí de una correlación, no de una causalidad. Si un grupo de amigos es obeso, entonces la probabilidad de que el miembro del grupo que aún no conoces también sea obeso aumenta casi un 60% comparada con la de que lo sea si el grupo tiene un peso medio normal.

Dicho de otra manera: nos vemos enormemente influenciados por los hábitos alimenticios de los que nos rodean. Los estudios muestran que comemos más cuando los que nos rodean comen más; y las mujeres son especialmente susceptibles de ello.

De hecho nos influyen los demás aunque no estén. Son las denominadas “normas sociales”. ¿Nunca te ha pasado que yendo con un amigo a ti mujer te han puesto el café con leche cuando tú habías pedido el solo que le han puesto a él? Este tipo de normas nos afectan aún estando solos: los varones comen cosas grandes, las mujeres cosas pequeñas, los varones chuletones, las mujeres ensalada.


7 Los pequeños cambios ganan a la mejor y más estrambótica de las dietas

Si quieres perder peso, olvídate de dietas extravagantes, sean las que sean. Las dietas suponen en general grandes cambios en los hábitos, y esto es lo más difícil que puedes intentar hacer. Si, además tenemos en cuenta el componente social de la ingesta de comida, ello requiere un esfuerzo estupendo. Y si no eres de hacer deporte y comienzas a hacerlo, además puedes hincharte de comer sano después, con lo que el saldo calórico de esa actividad que tanto te cuesta es positivo en vez de negativo. Al final tenemos el efecto yo-yo con una venganza: recuperas lo poco que has perdido y más.

Intenta hacer cambios pequeños que sean sostenibles a largo plazo, lo que en este contexto significa el resto de tu vida. Lo primero es conocerte mejor a ti mismo y como funciona tu cuerpo. Lo segundo es que en estudios recientes se ha comprobado la efectividad de algunos pequeños cambios; estos son algunos de los que funcionaron (un porcentaje significativo de las personas que los adoptaron perdieron peso a pesar de no hacer dieta): soltar los cubiertos entre bocado y bocado, usar platos más pequeños, beber agua con todas las comidas, aperitivos y tentempiés, no comer directamente de los paquetes (cereales en un cuenco, galletas en un plato, etc.).

viernes, 1 de febrero de 2013

Es hielo abrasador, es fuego helado




Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida, que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido, que nos da cuidado,
un cobarde, con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo,
enfermedad que crece si es curada.

Éste es el niño Amor, éste es tu abismo:
mirad cuál amistad tendrá con nada,
el que en todo es contrario de sí mismo.



Este texto es un soneto de Francisco de Quevedo. En lo que solemos llamar “cultura” un comentario del mismo podría ser algo tal que así. Habrá quien, leyendo esto, alabe la capacidad analítica del comentarista y su conocimiento de la teoría literaria. Sin embargo, la cultura científica aporta otra dimensión al poema que no le resta un ápice de su belleza formal y sí pone en valor la agudeza de su autor. Algo que hoy día lamentablemente sólo es valorado por unos pocos. En lo que sigue vamos a intentar explicar en qué consiste esa otra dimensión.

Explicando el enamoramiento

Cupido, el niño arquero y enredante al que el poema se refiere como niño Amor, se supone que dispara flechas que hacen que la gente se enamore; pero hay poca evidencia científica de que esto sea así. Platón, en su línea, proponía una explicación muy bonita sobre la pérdida de la “otra mitad” que todavía atormenta a muchos adolescentes, y a otros que no lo son tanto, en forma de media naranja ideal; pero este argumento no pasa la revisión por pares. Otra posibilidad es recurrir a pociones al estilo de Tristán e Isolda, pero que nadie espere más resultados de este remedio que de los adivinos de la tele. Hasta aquí, las letras.

El hecho cierto es que el enamoramiento y sus síntomas, que Quevedo describe magistralmente, existen. Los antropólogos han llegado a la conclusión de que es una constante universal (o casi, siempre hay algo por comprobar): no existe cultura humana conocida en el planeta que no sepa de primera mano lo que es el enamoramiento.

Entonces, si es universal, debe existir una base biológica para él. En otras palabras, no puede ser simplemente una tradición cultural como el fútbol o los tatuajes. Habrá que echar un vistazo pues, sin ánimo de ser exhaustivos, a la acción de genes, neuronas y hormonas si queremos empezar a comprender el síndrome de enajenación mental transitoria al que se refiere Quevedo y que llamamos enamoramiento.

Casanovas y Marcillas

En este punto, y antes de seguir adelante, conviene dejar claro un aspecto importante. En lo que sigue se habla de apareamiento y de enamoramiento indistintamente, porque el enamoramiento no es más que la vestidura con la disfrazamos el apareamiento. Como apuntábamos más arriba, el enamoramiento es una alteración mental (una enajenación) que dura un tiempo (transitoria) que idealiza al otro, rebaja el riesgo percibido y favorece, en última instancia, la procreación.

Todos conocemos especies en las que las parejas se forman para toda la vida de los individuos y otras en las que la promiscuidad es la regla. Los humanos oscilamos entre el “amor cortés” (platónico) de Dante por Beatriz (en la imagen) y todo lo contrario. Esta “elección”, ¿es algo espiritual, platónico, trascendente o es biológico, genético?

Naturalmente, si hay un fenómeno biológico que se encuentra entre la inmensa mayoría de los individuos de una especie lo que cabe pensar es que esté predeterminado de una forma o de otra en los genes. El problema con el enamoramiento es que es un fenómeno complejo, muy probablemente controlado por interacciones entre muchos productos genéticos distintos. Esto dificulta mucho su estudio como ocurre con el alzhéimer o las dolencias cardíacas. Si, además, por razones éticas muy comprensibles, no se pueden hacer experimentos con humanos, la cosa se complica.

Gracias a la teoría de la evolución, sabemos que estamos relacionados genéticamente con muchas especies, con la que compartimos mucho más que un antepasado común. Esto permite que los estudios genéticos en animales, si bien no pueden responder a cuestiones humanas complicadas, sí den respuesta a preguntas más simples.

Así, por ejemplo, existen dos especies relacionadas de ratones de campo que viven en Norteamérica: una es monógama y vive en la pradera (Microtus ochrogaster) y la otra es promiscua y vive en los montes (Microtus montanus). Un estudio descubrió un gen en los de la pradera que estaba sospechosamente ausente entre los montaraces. Los investigadores insertaron el gen en cuestión en los machos de las especie de montaña y esta simple manipulación convirtió a los que tenían que haber sido Giacomo Casanova en DiegoMarcilla. Un indicio de que lo que pensamos que es elección propia de esa persona ideal(izada), esto es, la monogamia total o la poligamia como monogamia en serie, no sería más que predisposición genética.

Loco de amor

Pero si el enamoramiento es, como decimos, una enajenación mental transitoria, toda la influencia genética tendrá su correlato en el encéfalo. Veamos qué encontramos.

Un grupo de investigadores se dispuso a descubrir cuáles eran las manifestaciones neurológicas de los primeros estadios del amor romántico. Básicamente, lo que querían descubrir era si el enamoramiento es una emoción fundamental como el miedo o si está producida por bucles de retroalimentación del sistema de recompensa del encéfalo de la misma forma que funciona la adicción a la cocaína.

Su conclusión es que hay una serie de regiones encefálicas que parecen estar involucradas en los sentimientos románticos. Específicamente registraron la activación del mesencéfalo ventral derecho, alrededor del llamado área tegmental ventral y el cuerpo dorsal y la cola del núcleo caudado. Todas estas regiones no están relacionadas con instintos y emociones primitivos como el miedo, sino que están ligadas al sistema de recompensa que hace que nos volvamos adictos a las drogas.

Cuando ponemos estos resultados en contexto se llega a la conclusión de que el enamoramiento es fundamentalmente un sistema de recompensa, que conduce a varias emociones, más que una emoción específica. Es muy característico que no se pueda ligar una expresión facial de forma inequívoca a estar enamorado. Además las primeras etapas del enamoramiento, cuando éste es más intenso, difieren tanto de la atracción sexual como del desarrollo del afecto característicos de las fases posteriores de la relación, que activan áreas diferentes del encéfalo.

¿Y qué pasa si la cosa sale mal?¿Y si no eres correspondido o te abandonan?

Cuando se mira una foto de alguien que te acaba de abandonar suceden muchas cosas en el encéfalo, incluyendo la activación de regiones habitualmente asociadas al dolor físico, a comportamientos compulsivos-obsesivos, al control de la ira y áreas que se activan cuando elucubramos sobre lo que otro está pensando. No sólo eso, en vez de desactivarse las acciones del amor romántico, parece como si se activaran aún más: el enamoramiento se exacerba por el rechazo.

Moléculas enamoradas

Muchas veces se suele hablar de que el enamoramiento es química. Efectivamente, muchas de los circuitos involucrados en el amor romántico incluyen a una hormona que también es un neurotransmisor, la dopamina. Pero este no es el único compuesto involucrado en el enamoramiento.

Al igual que los pacientes con comportamientos obsesivos-compulsivos los enamorados presentan unos niveles anormalmente bajos de serotonina en sangre, lo que se correlaciona bastante bien con la obsesión con el objeto del enamoramiento.

También se han detectado cambios en los niveles de cortisol, hormona estimulante del folículo y testosterona. Algunos de estos cambios dependen del sexo del sujeto. Por ejemplo, la testosterona aumenta en las mujeres enamoradas y disminuye en los varones. Pero lo mejor viene cuando los enamorados que se han jurado amor eterno vuelven a medir sus niveles hormonales 12 meses después, aunque la relación se mantenga: las diferencias hormonales han desparecido completamente. Esto es, desde el punto de vista endocrino, una pareja que sobrevive a la fase de enamoramiento (recordemos que es una enajenación mental transitoria) lo hace en base a fundamentos bioquímicos diferentes: después de doce meses la química desaparece, sólo para ser sustituida por otra, en la que por ejemplo, interviene la oxitocina.

Quevedo etólogo

Vemos pues que el elegir a un sólo objeto de nuestra obsesión amorosa tiene una base genética, neurológica y fundamentalmente química y que todo ello se manifiesta en un comportamiento similar al del adicto a una droga.

Prueba ahora a leer el soneto del inicio pensando que está dedicado a la heroína. Apreciarás mucho mejor el genio de Quevedo y verás, quizás, que un comentario literario estándar puede quedarse muy corto.

miércoles, 9 de enero de 2013

Risas enlatadas y mesías




La risa enlatada, heredera de la claque teatral, no es un invento precisamente moderno. Nació en la radio estadounidense de los años cuarenta cuando el guionista Bill Morrow insistió en introducirla en un programa no demasiado gracioso. Sesenta años después sigue usándose, fundamentalmente en televisión, si bien en algunos casos se sustituye por una audiencia en directo, eso sí, convenientemente dirigida y animada. Y esto tiene que ver mucho con el éxito de los me gusta de Facebook, los retuits de Twitter, los espacios en las portadas de los medios digitales con los artículos más leídos, los más compartidos o los más comentados, con las listas de los libros más vendidos, con los bares con más gente, los restaurantes de carretera con más camiones y con los círculos sociales cerrados de las religiones.

Nosotros, que nos creemos tan racionales habitualmente, nos dejamos guiar a la hora de tomar decisiones en innumerable número de ocasiones por unas reglas generales que traemos de serie por el hecho de ser miembros de la especie llamadas prejuicios cognitivos para, una vez tomada la decisión, racionalizarla después. Uno de estos prejuicios cognitivos es la prueba social.

Correcto es lo que hace la mayoría

El principio de la prueba social (PPS) afirma que determinamos lo que es correcto averiguando lo que los demás piensan que es correcto. El PPS se aplica especialmente cuando decidimos qué constituye un comportamiento correcto en una situación dada. Y decidimos que un comportamiento es correcto en una determinada coyuntura cuando vemos a los demás realizarlo, ya sea qué hacer con un bote de refresco vacío a la salida del cine, a qué velocidad circular por un tramo de autopista o cómo comer el marisco en una boda de postín.

Como regla general el PPS tiene sentido y acierta en buen número de ocasiones. En principio cometeremos menos errores actuando conforme a lo que los congéneres consideran bueno que yendo en contra. Habitualmente, cuando mucha gente hace algo resulta ser la elección correcta. Esta característica del PPS es a la vez su mayor fortaleza y su mayor debilidad.

Si te fijas la próxima vez que veas un programa de televisión con risas incorporadas te darás cuenta de que la gente que te rodea sonríe casi sistemáticamente cuando se oyen las risas...aunque sean incapaces de explicar el chiste, suponiendo que éste exista y tenga gracia. Este es el peligro del PPS: responder a la prueba social de una forma tan automatizada e irreflexiva que seamos engañados por argumentos parciales o, directamente, falsos. Y aquí nace la posibilidad de manipulación y abuso.

Suelo repetir que la mejor ventana a la forma de funcionar de la mente humana es un libro de técnicas de venta. No suelen tener un contenido científico en el sentido habitual del término, pero sí suelen concentrar la sabiduría acumulada durante siglos sobre cómo usar los prejuicios cognitivos, aunque ni los llamen así o ni siquiera sepan lo que son, para convencer a una persona de que será más feliz separándose de su dinero. Una de las máximas que se suele encontrar basada en el PPS podría resumirse así: “Dado que el 95% de las personas son imitadoras y sólo el 5% iniciadoras, resulta que la inmensa mayoría de la gente se ve más persuadida por las acciones de los otros que por ninguna razón que puedas esgrimir. Por tanto convence a ese 5%, que los demás le seguirán.” Un buen ejercicio la próxima vez que veas la televisión es detectar cuántos anuncios se basan total o parcialmente en esta expresión del PPS.

El PPS tiene un poder enorme, mucho más del que estamos dispuestos a atribuirle, tanto que toda una vida puede cambiarse por lo que el PPS nos permite creer. Estudios realizados sobre el PPS indican que funciona mejor cuando la prueba social la da un grupo numeroso de personas. Pero, ¿qué ocurre si es todo nuestro entorno el que piensa que algo es lo correcto aunque objetivamente sea un sinsentido? Pues ocurre que entramos en el mundo de las sectas religiosas, y entren aquí todas las religiones organizadas que separen a sus miembros de la interacción libre con el conjunto de la sociedad. Y es que, tengámoslo claro, no es necesario que se ejerza una coerción sobre la persona, es la persona misma la que usa la prueba social para convencerse de que lo que prefiere que sea cierto parezca que es cierto.

El mesías anunciado por los profetas, el ungido del Señor, Sabbatai Zevi

Hay muchos ejemplos del poder maléfico del PPS a lo largo de los siglos. La Alemania nazi es un ejemplo evidente pero, para mi, ninguno supera la historia de los sabateos, los seguidores de Zevi, el llamado mesías.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Emociones positivas y tono vagal



En los últimos años la investigación científica seria ha demostrado que aquellos que experimentan frecuentemente emociones positivas viven más y con más salud: tienen menos ataques cardíacos o menos resfriados, por ejemplo. Pero la razón de que esto ocurra aún no se conoce del todo.

Un equipo de investigadores encabezado por Bethany Kok, actualmente en el Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas Humanas (Alemania), ha realizado un estudio [1], cuyos resultados aparecerán en Psychological Science, en el que ha encontrado cómo las emociones positivas alteran la biología del individuo y a la inversa, creando un círculo virtuoso.

Los investigadores se centraron en el nervio vago. Este nervio (que vemos en la imagen tomada de la Anatomía de Grey) comienza en el encéfalo y llega con numerosas ramificaciones a distintos órganos torácicos y abdominales, incluyendo el estómago y el corazón. Tiene como misión enviar señales que ralentizan la actividad de estos órganos en momentos de calma y seguridad.

Para saber lo bien que el nervio vago está funcionando basta con medir el ritmo cardíaco al respirar. Un funcionamiento sano del nervio se refleja en un sutil incremento del ritmo cardíaco al inspirar, y una sutil disminución al espirar. La diferencia de ritmo da lugar a un índice de tono vagal, y el valor de este índice se sabe que está relacionado con la salud. Los valores bajos, por ejemplo, se han relacionado con la inflamación y los ataques cardíacos.

Sin embargo, en lo que se han centrado Kok et al. es en datos recientes que indican que las personas con alto tono vagal son mejores a la hora de impedir que las malas sensaciones tomen el control. Estas personas también muestran emociones más positivas en general. En un estudio preliminar realizado por los mismos autores en 2010 [2] se demostró que el tono vagal de los que experimentan emociones positivas durante un periodo de tiempo aumenta. ¿Sería posible entonces que el tono vagal y las emociones positivas sean parte de un circulo virtuoso? Para averiguarlo reclutaron a 65 personas de entre el personal de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill.

Los investigadores midieron los tonos vagales de los voluntarios al comienzo del experimento y a su conclusión nueve semanas mas tarde. Durante ese tiempo los voluntarios tenían que acceder todas las noches a una página web especialmente diseñada y evaluar las experiencias emocionales más fuertes del día, entre ellas nueve positivas (alegría, amor, etc.) y once negativas (aburrimiento, ira, repugnancia, etc.). Además, a la mitad de los participantes, escogidos al azar, se les incitó a asistir a una serie de talleres en los que aprendieron una técnica de meditación cuyo fin es provocar en el sujeto una sensación de bienestar consigo mismo y con los demás. A este grupo se le alentaba a que meditase diariamente y a informar del tiempo diario empleado en ello.

Los resultados indicarían que el tono vagal se incrementa significativamente en las personas que meditaron, y prácticamente nada en los que no lo hicieron. Entre los que meditaron aquellos que comenzaron el experimento con el tono vagal más alto informaron de los mayores incrementos en sus emociones positivas. Los que meditaron que comenzaron con los niveles más bajos de tono vagal no experimentaron prácticamente ningún incremento.

Tomados en conjunto, estos datos apuntan a que un tono vagal alto haría más fácil generar emociones positivas y que esto, a cambio, subiría todavía más el tono vagal. Es literalmente un círculo virtuoso. Lo que es una buena noticia para los que son emocionalmente positivos, pero malo para los emocionalmente negativos, ya que implica que aquellos que más necesitan un empujón psicosomático serían incapaces de generar uno, de esta manera al menos. Quizás otras técnicas psicológicas puedan generar uno.

Referencias:

[1] Kok, B.E., Coffey, K.A., Cohn, M.A., Catalino, L.I., Vacharkulksemsuk, T., Algoe, S., Brantley, M. & Fredrickson, B. L. (in press). How positive emotions build physical health: Perceived positive social connections account for the upward spiral between positive emotions and vagal tone. Psychological Science. PDF


[2] Kok, B., & Fredrickson, B. (2010). Upward spirals of the heart: Autonomic flexibility, as indexed by vagal tone, reciprocally and prospectively predicts positive emotions and social connectedness Biological Psychology, 85 (3), 432-436 DOI: 10.1016/j.biopsycho.2010.09.005

lunes, 22 de octubre de 2012

La madre de todos los prejuicios



La evolución de la visión del mundo de un adolescente es un tema apasionante. En mi caso, atribuyo a la idealización de la figura del médico que tenía mi madre el querer ser médico desde que tenía uso de razón (existen fotografías y restos de libros que demuestran la seriedad de mi compromiso). Entonces, con 14 años ocurrió Cosmos de Carl Sagan, la serie primero y el libro para Reyes después. Y quise ser físico/astrónomo/científico.

Un efecto colateral de Cosmos fue mi descubrimiento de la figura de Einstein. La fascinación, común a muchos, fue inmediata. Leía todo lo que encontraba en bibliotecas sobre él. De entre todo lo que leía había un punto, sin embargo, que solía pasar sin pena ni gloria, como un dato más, que a mi me llamó poderosamente la atención: su admiración por Baruch Spinoza. Dispuesto a explorar por mi mismo el origen de esa admiración, a los 16 compraba mi primera Ética (una no demasiado buena edición de Bachiller, como me hizo notar mi primo Pedro, estudiante por aquel entonces de filosofía en Salamanca). A esta primera copia han seguido otras cuantas.

¿Imagináis ese momento en que la lectura y meditación de sólo un párrafo supone una revolución en tu forma de ver el mundo? ¿Algo que hace que todo encaje de cierta forma? ¿Una idea que hará que digieras la información de determinada manera el resto de tu vida? A mi me ocurrió con 16 años con el Apéndice del libro I de la Ética. Si sólo tuvieses que leer en tu vida unas páginas de filosofía yo te recomendaría ese apéndice que se lee en menos de 10 minutos; lo puedes encontrar aquí en la obra completa. Una de las ideas principales de ese apéndice y la revolucionaria, según mi punto de vista, cuando se medita, es esta:

[...]Todos los prejuicios que intento indicar aquí dependen de uno solo, a saber: el hecho de que los hombres supongan, comúnmente, que todas las cosas de la naturaleza actúan, al igual que ellos mismos, por razón de un fin […]

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miércoles, 19 de septiembre de 2012

Efecto Pigmalión: expectativas, lenguaje no verbal y cociente intelectual


Ovidio cuenta en sus "Las metamorfosis" la historia de un orfebre chipriota llamado Pigmalión que esculpe en marfil una estatua de mujer tan realista y bella que se enamora de ella. Con motivo de la festividad de Venus, Pigmalión hace una ofrenda a la diosa rogándole que dé vida a su estatua. La diosa concede el deseo y Pigmalión y la que era su estatua se casan.

En 1912 George Bernard Shaw tituló Pigmalión su obra de teatro en la que se narra cómo el profesor Henry Higgins modeló a la florista barriobajera Eliza Doolittle hasta hacerla pasar por una duquesa en la recepción de un embajador, enamorándose de ella en el proceso. La historia se hizo mundialmente famosa con la adaptación al cine en forma de musical titulada My Fair Lady, con Rex Harrison como Higgins y Audrey Hepburn como Doolittle.

Tomando el nombre de estos antecedentes, el llamado efecto Pigmalión en psicología describe el hecho de que la expectativas de un superior, léase progenitor, profesor, entrenador o jefe, tienen sobre el rendimiento de una persona a su cargo, esto es, hijo, alumno, deportista o subordinado. Este efecto está relacionado con otro, el efecto placebo, y como éste, se traduce en multitud de pequeños actos inconscientes que alteran nuestro comportamiento habitual.

El primer psicólogo que estudió de forma sistemática este efecto fue Robert Rosenthal quien, en 1964, siendo profesor de la Universidad de Harvard, realizó un experimento en una escuela elemental al sur de San Francisco (California). La idea no podía ser más simple: ¿qué pasaría si se les dijese a los profesores que ciertos niños de su clase estaban destinados al éxito académico?

Para conseguir que los profesores le creyeran, Rosenthal tomó un test de inteligencia estándar, el FTGA, pero en la cubierta de cada copia puso un nuevo nombre, algo más pretencioso, “Harvard Test of Inflicted Acquisition”.

Rosenthal les dijo a los profesores que este especialísimo test de Harvard tenía la peculiaridad de ser capaz de predecir qué niños estaban a punto de ser muy especiales, es decir, qué niños estaban a punto de experimentar un aumento espectacular en su cociente intelectual (CI).

Una vez que los chavales hicieron el test, Rosenthal escogió de cada clase a varios niños completamente al azar. No había nada en absoluto que distinguiese a estos niños de los demás, pero les dijo a los profesores que los resultados del test indicaban que estaban apunto de florecer intelectualmente.

El seguimiento de los niños durante los dos años siguientes puso de manifiesto que las expectativas de los profesores realmente estaban afectando a los niños. Si los profesores esperaban que los niños tuviesen mayor CI, esos niños ganaron más CI.

¿Pero cómo pueden las expectativas influir en el CI?

Investigaciones posteriores del mismo Rosenthal y otros pusieron de manifiesto que las expectativas afectan a las interacciones cotidianas con los niños de mil formas diferentes. Las más consistentes alteraciones del comportamiento de los profesores que esperan mucho de un alumno serían, entre otras, que les dan:

· más tiempo para responder
· retroalimentación mucho más específica
· reconocimiento no verbal: los tocan (codo, hombro), asienten más con la cabeza cuando los alumnos hablan y les sonríen más.

Vemos que no es magia ni telepatía. Son las herramientas con las que nos comunicamos sin palabras e inconscientemente, todos los días y con todo el mundo sin darnos cuenta. La cuestión es: sabiendo que esto es así, ¿puede un influenciador alterar sus expectativas de manera creíble? Dicho de otra manera, habida cuenta que el efecto actúa por vías inconscientes, ¿podemos llegar a simular creíblemente que “creemos en alguien” con objeto de alterar su rendimiento (para mejor o para peor)?