martes, 7 de julio de 2009

Cuando no dominamos el monstruo interior.


En las comedias de enredo, lo peor que podría pasar es lo que termina pasando: que tu mujer está realmente celosa de la nueva secretaria de la oficina, pues ahí vas tú y la mencionas cinco veces en las últimas tres frases. Errores como estos también ocurren en la vida diaria, y la investigación encuentra los orígenes de hacer precisamente lo peor, irónicamente, en los procesos de control mental. En un artículo publicado en Science [1], Daniel Wegner (Universidad de Harvard, EE.UU.) pasa revista al conocimiento actual sobre cómo pensar, decir o hacer precisamente lo peor en cada ocasión.

La exploración de los impulsos malsanos tiene una rica historia (¿cómo podría no tenerla?), que pasa por las historias de Edgar Allan Poe o el Marqués de Sade e incluye los deseos reprimidos de Freud y la observación de Darwin de que muchas acciones se realizan “en directa oposición a nuestra voluntad consciente”. En la última década, los psicólogos sociales han documentado la frecuencia con la que aparecen estos impulsos malsanos y cuándo es más probable que alteren el comportamiento de las personas.

A un nivel fundamental, funcionar socialmente significa dominar los propios impulsos, dominar el monstruo interior. El cerebro adulto gasta como mínimo tanta energía en inhibición como en acción, según algunos estudios, y la salud mental se basa en someterse a estrategias para ignorar o suprimir los pensamientos profundamente inquietantes, como el de la propia muerte por ejemplo. Estas estrategias son generales, programas psicológicos subconscientes o semiconscientes que usualmente controla el piloto automático.

Los que hemos venido en llamar impulsos malsanos, y que Wegner llama errores irónicos, parecen aflorar cuando la gente se concentra intensamente en evitar errores específicos o tabúes. La teoría es sencilla: para evitar decirle a la cara a un colega que es hipócrita malnacido, el cerebro debe primero imaginar exactamente eso; la mera presencia mental (flotando en la superficie de la consciencia) de ese insulto catastrófico incrementa las probabilidades de que el cerebro lo termine escupiendo en el peor momento.

Las pruebas empíricas de esta teoría se han acumulado en los últimos años, según recoge Wegner. En el laboratorio, los psicólogos han pedido a la gente que intente eliminar, inhibir, un pensamiento de su mente (un oso blanco, por ejemplo) y han encontrado que el pensamiento sigue volviendo, cada minuto poco más o menos. De igual forma, la gente que intenta no pensar en una palabra específica continuamente la suelta en los tests de asociación de palabras ultrarrápidos.

Fuera del laboratorio es fácil encontrar los mismos errores irónicos. A los golfistas a los que se les indica que deben evitar un error específico, como darle demasiado fuerte, lo hacen más a menudo bajo presión, según estudios realizados al respecto. De igual manera, un delantero de fútbol al que se le indica que, a la hora de tirar un penalti, debe evitar una determinada zona de la portería, como la esquina baja derecha, mirará a ese lugar más a menudo que a cualquier otro.

Los esfuerzos por ser políticamente correcto pueden ser especialmente traicioneros. En un estudio [2], los investigadores de las Universidades de Lehigh y Northwestern hicieron que 73 estudiantes leyeran un texto sobre un estudiante ficticio, Donald, un varón negro, que visita un centro comercial con un amigo. Los estudiantes vieron una foto de él justo antes.

En un aparcamiento repleto, Donald no aparca en un sitio reservado a minusválidos, a pesar de conducir el coche de suabuela, que tiene permiso para usarlo, pero sí que se apresura para pisarle un sitio de no minusválidos a otro conductor. No hace caso de una persona que está haciendo una colecta para una ONG de enfermos del corazón, mientras que su amigo da el dinero suelto que lleva. Y así el resto. La historia, a propósito, retrata al protagonista de forma ambigua.

Los investigadores pidieron a cerca de la mitad de los estudiantes intentaran inhibir los estereotipos negativos sobre los varones negros mientras leían el texto. Tras la lectura todos los estudiantes tuvieron que evaluar a Donald en aspectos como honestidad, hostilidad y pereza. Los que habían intentado reprimir los estereotipos dijeron que Donald era significativamente más hostil, pero también más honesto, que lo afirmado por los que no estaban intentando inhibirlos.

En resumen, el intento de hacer desaparecer prejuicios funcionó, en cierta medida. Pero el estudio también aportó, usando palabras de los autores, “una fuerte demostración de que la supresión de estereotipos lleva a que los estereotipos sean más accesibles”.

Los fumadores, bebedores y otros usuarios de sustancias de abuso conocen otro aspecto de este mismo fenómeno: el esfuerzo para reprimir las ganas de un cigarrillo, copa o dosis hace tan accesible la idea que el deseo sólo parece crecer.

El riesgo de caer en el error irónico, de ceder a estos impulsos malsanos, depende en parte del nivel de estrés que se padece. Puede minimizarse, por tanto, empleando estrategias adecuadas de control y reduciendo la carga mental. Esto último puede ser tan fácil como cometer el “error” voluntariamente, haciendo un chiste o explicando la situación de tal manera que la bomba se desactive antes de estallar.

Referencias:

[1]

Wegner, D. (2009). How to Think, Say, or Do Precisely the Worst Thing for Any Occasion Science, 325 (5936), 48-50 DOI: 10.1126/science.1167346

[2]

Galinsky, A., & Moskowitz, G. (2007). Further ironies of suppression: Stereotype and counterstereotype accessibility Journal of Experimental Social Psychology, 43 (5), 833-841 DOI: 10.1016/j.jesp.2006.09.001

1 comentario:

mjt dijo...

Lo del chiste me resuena. Un saludo.