Empecemos definiendo “ciencia” como
cualquier estudio que emplee el método científico. Démonos cuenta
de que esta definición permite incorporar algunas disciplinas
consideradas de humanidades si se despojan de posibles componentes
subjetivos. Así, la historia, la lingüística o la antropología
pueden considerarse ciencias según esta definición, así como la
mayor parte de la psicología, si bien no todo lo que se publica
sobre ellas pueda ser incluído debido a la ausencia de la
objetividad necesaria y, en ocasiones, al exceso de especulación sin
base empírica.
En esta línea llamaremos “arte” a
todas la humanidades que por dejación o convicción no emplean el
método científico. En este apartado encontraremos al arte
propiamente dicho, y a buena parte de las publicaciones de “ciencias”
sociales, antropológicas, históricas, filológicas y filosóficas.
Nos permitimos llamar la atención al hecho de que las llamadas
pseudociencias entran en esta categoría, desde la astrología a la
homeopatía, pasando por la nigromancia. En lo que sigue “ciencia”
y “arte” corresponden a estas definiciones y no a otras.
La interacción de ciencia y arte se
produce de forma cotidiana. Desde el punto de vista de adquisión de
conocimiento objetivo la primera, quiérase o no, informa a la
segunda, mientras que ésta perturba a la primera a la hora de
conseguir sus objetivos. De hecho, el método científico tiene entre
dichos objetivos luchar contra el aumento de entropía que supone el
arte.
Para poder aprehender qué queremos
decir con el párrafo anterior debemos responder a una pregunta: ¿qué
diferencia fundamental más allá de la metodológica separa a
ciencia y arte? Y quizás interese también encontrar respuesta a una
segunda: ¿existe algún ámbito en el que convivan ciencia y arte?
Las teorías que formula la ciencia
tienen como objeto proporcionar descripciones del mundo que no
dependan de ninguna perspectiva concreta ni de ningún observador en
particular. Si bien, en la práctica, no consigue abstraerse
completamente de las percepciones y formas de pensar
característicamente humanas, su éxito o no en el cumplimiento de su
objeto tiene un contraste externo, la propia naturaleza, a la que le
importan poco los sentimientos humanos.
El arte, por su parte, trabaja con
visiones del mundo que se expresan de forma concreta (obra de arte),
adaptadas precisamente a las facultades sensoriales y sensibilidades
humanas. El éxito de las obras de arte se mide por su capacidad de
evocar respuestas a lo largo del tiempo en los humanos que las
perciben.
La ciencia corrige sistemáticamente
los errores del sentido común. Al arte no le importa, en principio,
que estos errores lo sean, ya que el arte “vive” en el sentido
común, en las respuestas primarias de los humanos. De hecho, una
argumentación recurrente de los valedores del arte como fuente de
conocimiento es que las correcciones radicales del sentido común que
proporciona la ciencia (como, por ejemplo, el conocimiento de que el
ordenador que estás usando es fundamentalmente espacio vacío en el
que hay partículas que se mueven a toda velocidad y que si no
colapsa es por el principio de exclusión de Pauli), este tipo de
correcciones, decíamos, son interpretadas como excesivas
racionalizaciones de la realidad que se apartan de las “verdades
del sentido común”, lo que les hace perder la aprehensión de
“toda la verdad” (los entrecomillados proceden de un texto de
Anthony O'Hear) . El siguiente paso del arte es afirmar que ese
acceso a la verdad completa lo proporciona él. Lo que se olvida en
este caso es que, por una parte, la ciencia tiene distintos niveles
de abstracción, no sólo uno, y, por otra, que si admitimos que la
ciencia no puede explicar toda la verdad, de ahí no se deduce que el
arte pueda.
Religión: las aspiraciones de la
ciencia con los métodos del arte
Hay una actividad humana donde ambas
aproximaciones al mundo conviven y donde se muestra claramente lo que
aporta cada una. Hablamos de la religión.
La religión comparte con la ciencia el
objetivo de explicar cómo el mundo es en sí mismo, no cómo es para
nosotros. Pero, a diferencia de la ciencia, y más próxima a una
obra de arte, describe al universo como dotado de un propósito, con
voluntad y personalidad, revelando las intenciones de un ser (o
conjunto de seres) trascendentes. Al presuponer un ser (o conjunto de
seres) trascendente, la religión evita la posibilidad de refutación
empírica directa por la realización de experimentos científicos.
Incluso las catástrofes y el sufrimiento encuentran acomodo como
expresión de una voluntad trascendente que, por esta misma
característica, no se puede comprender totalmente. La misma postura
apriorística la encontramos en el arte.
Efectivamente, la religión, concebida
adecuadamente, esto es, desde el punto de vista teológico y no en
sus manifestaciones culturales, se basa en experiencias de
significado y valor cuya expresión y exploración son propias del
arte. Y esto es así, primero, porque la ciencia no se manifiesta
sobre el sentido del universo y, segundo, porque a la persona
religiosa se le hace muy difícil vivir asumiendo que sus valores son
sólo proyecciones de un cerebro humano fruto de la evolución.
Sólo el método científico es aceptable como generador de conocimiento real
Mantenemos que sólo una metodología científica es intelectualmente aceptable como
generadora de conocimiento objetivo. La parte de las humanidades más
especulativa, la filosofía, si ha de ser algo más que juegos
florales, ve reducidos sus problemas a problemas científicos, aunque
los aborde con herramientas diferentes a las de las ciencias
experimentales, subordinando el valor de verdad de sus conclusiones a
los resultados de experimentos y observaciones. Finalmente, sólo las
humanidades que aspiran a aportar conocimiento genuino adoptan el
método científico. El resto, como el arte, medran en la parte más
primitiva del ser humano. Lo que en sí no es bueno ni malo; simplemente, es.
Esta entrada es una participación de Experientia docet en la I Edición del Carnaval de Humanidades
