viernes, 7 de junio de 2013

Los penúltimos alquimistas


El 3 de agosto de 1783 tres eminentes hombres de ciencia hicieron un viaje de más de 45 km desde Londres a Guilford con la intención de presenciar la demostración por parte de un colega de la Royal Society, James Price (nacido Higginbotham en Londres en 1752) , de que había conseguido uno de los objetivos soñados por todos los alquimistas: transmutar el mercurio en oro.

Este distinguido químico, un rico doctorado por Oxford que había sido elegido miembro de la Royal Society cuando sólo tenía 29 años, ya había demostrado públicamente en varias ocasiones sus habilidades alquímicas, había publicado un libro en el que publicitaba sus éxitos e, incluso, se había atrevido a regalar al rey Jorge III parte del oro producido. Hasta ese momento tan sólo caballeros, clérigos, nobles, algún farmacéutico local y amigos habían sido testigos de su proeza.

Estos experimentos públicos los había realizado en su laboratorio de Guilford. Allí, según afirmaba, podía producir metales preciosos mezclando bórax (borato de sodio), nitro (nitrato potásico) y uno de dos “polvos productivos”, uno rojo y uno blanco, descubiertos por el propio Price, con cincuenta veces su peso en mercurio. Tras una mezcla adecuada en un crisol con una varilla de hierro se obtenía, usando el polvo rojo, oro, y usando el blanco, plata. La última de estas demostraciones públicas había tenido lugar el 25 de mayo de 1782.

El presidente de la Royal Society, a la sazón Joseph Banks, estaba preocupado por la reputación de la institución ante la popularidad que estaba alcanzando Price. Así que se dirigió a él para que repitiese el experimento delante de un grupo de miembros cualificados de la sociedad. Price comenzó a poner excusas; que si se le habían acabado los “polvos productivos”, que si empleaba mucho tiempo en elaborarlos, que si no era rentable hacer oro de esa manera (según Price su procedimiento hacía que el oro tuviese un coste de 17 libras la onza, cuando el precio de mercado era de cuatro libras). Banks se mantuvo firme en su petición y amenazó a Price con la expulsión ignominiosa si no satisfacía su requerimiento.

Los tres delegados de la sociedad no estaban preparados para la clase de demostración que les tenía preparada Price. Se acomodaron en el laboratorio mientras Price parecía preparar sus instrumentos y preparados. En un momento dado, Price se aproximó a una mesa lateral donde había una pequeña botella. Visto y no visto ingirió su contenido; instantes después rodaba muerto. Un rato más tarde, uno de los sabios presentes olió la botella e identificó su contenido sin dudar: agua de laurel (ácido cianhídrico).


Si bien el gusto por el dramatismo de Price a la hora de autoexcluirse de los dominios de la ciencia no encuentra paralelo fácilmente, sí es cierto que sirve de ejemplo de las características que tuvieron algunas prácticas como la alquimia durante el siglo XVIII: tenían cierto predicamento pero terminaron marginadas. En muchos libros de historia leemos que la Ilustración, gracias al poder reformador de la razón, había erradicado las antiguas tradiciones y creencias supersticiosas (versiones “del carbonero” de las religiones incluidas), pero el hecho cierto es que sobrevivieron de una forma u otra a lo largo del siglo XVIII y más allá, incluso entre las élites bien instruidas.

Continúa leyendo en el Cuaderno de Cultura Científica