viernes, 25 de febrero de 2011

Reivindicación de la alquimia.



En determinadas universidades, en general las más antiguas, es todavía común que los estudiantes y profesores de disciplinas que no requieren más que un montón de libros, sus cerebros y algo con lo que escribir miren por encima del hombro a esos pobres diablos que se pasean con una bata blanca. Estos “intelectuales”, investigadores del humo inútil y la palabrería vacua, en ningún momento piensan en trabajar con sus manos en su búsqueda de su, por otra parte, conocimiento onanista. Esta forma de pensar también era común en los siglos XVII y XVIII y es una de las razones por las que la palabra “alquimista” se asocia con “charlatán”.

La alquimia, al menos la alquimia hasta el siglo XVII que es a la que nos referiremos a partir de ahora , debe ser rehabilitada y no confundirse con los que hoy día abusan de ese nombre. La mayor parte de los alquimistas eran personas que buscaban honestamente el conocimiento y que trabajaban con teorías bien construidas (aunque se basaran en principios incorrectos). La revisión de la historia de la alquimia puede ser un recordatorio a los científicos actuales de que incluso sus teorías más queridas deben ser tratadas con escepticismo de forma permanente. Efectivamente, una de las cosas que los alquimistas descubrieron es que es demasiado fácil ver en tus resultados lo que quieres ver más que lo que verdaderamente ha ocurrido.

Las raíces de la alquimia se hunden en el Egipto helenista. Se componía de una mezcla de conocimiento práctico de cosas como metalurgia, farmacia y fabricación de vidrio y cerámica con la costumbre griega de analizar y teorizar sobre el mundo (vulgo, filosofía). Estas ideas herméticas (Hermes era el fundador legendario de la alquimia) fueron recogidas y desarrolladas por estudiosos árabes (chiíes en su mayoría) tras la caída de Egipto ante la expansión (militar) del Islam del siglo VII, y transmitida a Europa durante la recuperación escolástica del conocimiento del siglo XII.

Durante los cinco siglos siguientes la actividad de los alquimistas, aunque estuviese mezclada con la filosofía, no era lo suficientemente filosófica para los intelectuales que estaban creando la red de universidades que a partir de Bolonia se expandió primero a París, Salamanca, Oxford y de ahí al resto del mundo. Aunque proporcionaba beneficios prácticos, e incluso atrajo la atención de académicos eminentes como Alberto Magno y Tomás de Aquino, la alquimia no fue admitida en los planes de estudio.

Además, el fin más famoso perseguido por los alquimistas, la chrysopoeia (la transmutación de los metales en oro), era vista con una mezcla de avaricia y terror por las autoridades políticas del momento. Ese conocimiento podría traer enormes riquezas a los que lo tuviesen, pero también tenía la capacidad de destruir lo que hoy llamaríamos la divisa. Muchos países aprobaron leyes prohibiendo la transmutación de los metales, incluso cuando sus reyes secretamente financiaban a alquimistas con la esperanza de adelantarse a otros monarcas.

Y así hubiese continuado si no hubiese sido por la revolución científica del XVII. Así, Robert Boyle, un inglés rico y con una excelente red de contactos, estaba interesado en la alquimia pero le avergonzaba este interés. En un ensayo escrito en 1663 se disculpaba por su curiosidad por este “estudio vacío, vano y engañoso”. El caballero holandés Herman Boerhaave, un famoso erudito nacido en 1668, se enfrentó a sus colegas que tachaban su interés por la alquimia como “vulgar”. Para distinguirse del tibio de Boyle y de los alquimistas que sólo buscaban el oro, pero apoyándose en un libro del mismo Boyle de 1661*, “The Sceptical Chymist”, Boerhaave y otros caballeros-científicos dieron en autodenominarse “chymists”.

En las décadas siguientes los “chymicos” de Inglaterra, Francia y otros lugares empezaron a distanciarse de forma deliberada de los alquimistas, refiriéndose a ellos mismos como intelectuales, a los alquimistas como charlatanes, y a las dos actividades como diferentes. No nos confundamos, los chymicos no pensaban que la teoría alquímica estuviese equivocada. No se ha encontrado ningún documento de la época que intente refutar la idea de la transmutación de los metales, y algunos chymicos respetables todavía estaba buscando el secreto de la chrysopoeia en 1760. Era simplemente que los chymicos no pensaban que la alquimia fuese una actividad respetable. Fue quizás este alejamiento el que permitió que la “chymica” entrase en el mundo académico, por la puerta de atrás y con muchos arrugando la nariz. Los chymicos lo consiguieron teniendo razón donde la alquimia estaba equivocada.

El verdadero problema de la alquimia, tal y como señala el título del libro de Boyle, no es que fuese de clase baja y no respetable, sino que no era lo suficientemente escéptica. Las teorías alquímicas no eran, por así decirlo, estúpidas. Por ejemplo, las menas de plomo o cobre contienen habitualmente plata y la mena de plata oro, de ahí la idea de que el plomo “madura” en plata, y la plata en oro merezca la pena de ser considerada. Los alquimistas también descubrieron algunos elementos, como el fósforo. Pero al final, demasiados alquimistas fueron incapaces de desprenderse de sus preconcepciones, ni siquiera con el avance del conocimiento experimental.

Mucho de ese inmovilismo tenía su origen en el prejuicio a la hora de interpretar los resultados experimentales. Por ejemplo, imaginemos que un alquimista seguía las instrucciones de George Starkey (contemporáneo de Boyle) para la preparación del mercurio filosofal, un ingrediente crucial de la Piedra Filosofal que es la que maduraría el plomo en oro. La teoría alquímica estaba plagada de referencias botánicas: maduración, crecimiento, siembra. Nuestro alquimista, al preparar lo que hoy llamaríamos una amalgama de mercurio, oro y una pequeña cantidad de antimonio, según el método de Starkey se encontraría con un fenómeno extraño y maravilloso: al solidificar el compuesto, crecería formando una especie de árbol. Para alguien que tiene en la cabeza que la transmutación se parece a un proceso vegetal, esa estructura sería vista como una estupenda confirmación de que está en el camino correcto y de que la Piedra Filosofal está a la vuelta de la esquina.

Lo que de verdad estaba a la vuelta de la esquina era el oprobio y la burla por parte de los chymicos conforme el conocimiento científico iba siendo capaz de dar una explicación plausible a esos fenómenos diferente del dogma alquimista. Pero no hay vergüenza en el error honesto. Aquellos que creían antes de Copérnico que el Sol giraba alrededor de la Tierra no son considerados charlatanes, aunque los religiosos que intentaron parar la propagación de la idea sin atender a razonamientos merezcan estar en el purgatorio de la inteligencia. Los precopernicanos simplemente estaban equivocados, no es que fuesen tontos, al igual que muchas teorías actuales terminarán resultando incompletas, inexactas o completamente erróneas.

En este Año Internacional de la Química es hora ya de rehabilitar a los alquimistas. No estaban en lo cierto, pero se equivocaron de maneras muy interesantes.

*Boyle está considerado por algunos como el padre de la química moderna. No seré yo uno de ellos. Creo que es evidente que ese título le queda muy grande.

[Este texto se basa en algunas ideas presentadas en la intervención de Lawrence Principe, de la Universidad Johns Hopkins (Estados Unidos), en la reunión de la AAAS]

Esta entrada participa en la II Edición del Carnaval de Química que este mes organiza El Busto de Palas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

el fin último de la alquimia. no era la fabricación de oro ni la trasmutacion de los metales en oro.. sino la propia trasmutacion, eso era lo que ellos llamaban la gran obra.